
Hay personas que nacen con la tragedia en la sangre, me decía Némesis como queriendo manipular mi propia tragedia a una irremediable, como el estigma de Caín del que pensé ser una de sus víctimas tantas noches atrás; la víctima especial, única, muerta. Como todas.
Luego recordaba el sueño de la noche anterior: no podía expandirse, porque un bulto de mil pies bajo tierra subía por mi garganta crepitando, quedándose luego como una dulce incertidumbre rollendo el alma. Y quería explicar el por qué de toda esa magia opaca y a la vez clara dentro mí. Necesitaba explicarlo para no mantenerme semi cadáver sobre la almohada.
Fue entonces cuando comencé a rememorar años pasados, no por querer o sentir el impulso de hacerlo, sino porque simplemente la emoción que ahora viajaba lenta en mi interior me llevaba a una suerte de entendimiento con esos años. Y lo comprendí: ya había sentido ésto antes, como una rutina, como un sentimiento casi lógico, pero había existido. Y era lo que solía llamar estabilidad. Sin quejas, sin apremios de saciar la existencia o completar el vacío de otros.
Era respirar y emprender hacia lo que parecía obvio, lo sano, lo normal para mí (en ese entonces) y los que me rodeaban.
Y luego de nuevo el desasosiego punzando mi frente; ¿era bueno? ¿era realmente vivir el saber que haciendo lo que hacía tendría un futuro corriente, quizá más afortunado que algunos?
Y si lo era, ¿por qué dejarlo? Lo dejé porque el velo de otros perfumes me engatuzó para caminar descalza y sin miedos por otros caminos. O quizá fue gracias a mi personalidad impulsiva. Si no tomaba lo que tanto llamaba a gritos mi atención, me sentiría traicionada, apuñalándome.
Y una vez que tomé ese grito, que lo bebí y digerí en mi organismo hasta que penetrara en mí como una herida, la más dolorosa que nunca antes soñé, volví a evaporarme de esa humanidad que fui y que era para ser lo que soy. Para ser lo del principio.
Un ser estable, perfectamente domado para hinchar mis bolsillos de dinero y aprendizaje autómata en un par de años más.
¿Eso es lo que quiero? ¿es eso lo que todo ser en este universo desea...? ¿entonces de qué demonios me sirvió el haber llorado, el haber suicidado tanto de mí?
No. Para. Cierra los ojos. No porque los cierres el mundo desaparece. En la bolsa de dinero se continúan comprando acciones, el perro de la calle continúa mirando a la paloma que se cierne sobre el encumbrado de las tablas antes de que anochezca y los miles de microorganismos continúan reproduciéndose por miles de microsegundos en todos los lugares, inclusive aquellos que no vemos.
Alguna vez fui equilibrada a los ojos de todos, dejando aquello por curiosidad, vomitándolo después porque sólo me impulsaba a estancarme en el pantano. Y reanudé mi marcha desde el principio, siendo estable, segura, firme para enfrentar la monotonía. Pero esta vez hay una gran ventaja: sé qué quiero, y lo que menos quiero es no saber quién soy cuando lo común golpee a mi puerta.