"(...) Hoy me es igual.
Traedme una hora que vivir
Traedme un amor pescado por la oreja
Y echadlo aquí a morir ante mis ojos (...)"

Traedme una hora que vivir
Traedme un amor pescado por la oreja
Y echadlo aquí a morir ante mis ojos (...)"
V. Huidobro, Altazor.

Sigues siendo tan igual. En tu mismo resplandor todavía habita ese temor acostumbrado, esas ganas de no saber, de no explicarse la pérdida, el naufragio, todo en ti. Tu cuerpo aun desviste la tarde que encendieron mis manos.
Aun articulas una mirada y en ella un mundo, un grito, una razón que no es razón.
Aun consigues ser el simulacro de un dolor que no cesa, ni arde.
Todavía abro los ojos y te llamo entre tantas voces que no conocen su silencio, esperando a que algo se acalle o desfallezca en el intento, o a que algún frío matutino alcance para helar mis huesos hasta contraerlos absolutamente, irremediablemente.
Todavía te veo cada mañana sonriéndome y alejándote en la nebulosa del no existir, de no ser más que en mi mente y en mi ausencia. Así te vas desvaneciendo, extinguiéndote como nadie, perdiéndote entre vagones y páramos que solo acrecientan la desolación.
No creces en ninguna parte; ningún eco alberga tu voz más que la hendidura de mi vientre.
Eres la noche, el día, la ilusión que vive en ningún cuerpo.
