Aun puedo ver ese único sol que encerró a mis ojos, el mismo que los quemó con su línea invisible y afilada de luz. Puedo sentirlo volver y abrasarme viva.
Puedo incluso saborear la tierra que cubrió a mis párpados y a mis brazos contagiados de agonía. Puedo ver el cielo y ser el cielo y enterrarme en el crepúsculo que jamás es luz.
Puedo distinguir a la distancia ese torbellino que gira en torno a la horca y que aplaude orgulloso al desdén del desnutrido mundo. Ese que alaba a la magnética pasarela de huesos y cuerpos putrefactos que sin saberse se sonreían a sí mismos, y entre ellos, y a mí.
Entonces lo percibo, otra vez. Como si el presente arrancara el pasado y lo hiciera tangible y constante, como una pesadilla que jamás se extinguió. Es el retornar de todas mis ruinas. Es el regreso de la droga que diluye mis colores y los expulsa hacia la profundidad del recuerdo.
Esa adicción moribunda de expulsar todo esmero, toda sincronía de los universos felices es la que vuelve, y desmorona.
Y es ahora, solo ahora, que recuerdo. Mi vicio era tu cuerpo, tu alma inabarcable, tu sangre drenada de las aguas muertas. Mi inagotable afición por fingir que no había otra cosa inmensa, insondable o incomprensible que lograra contraer mis pupilas. Y yo quería todo eso, en cualquier tiempo. Yo anhelaba escupir el escorbuto, la porfiria, el cólera del tiempo inmarcesible. Yo necesitaba viciarme con la miseria de estar unida a ti para salvarme; de ser para ti la única por quien tuvieras que recurrir a ser todo y nada y al mismo tiempo cualquiera.
"Yo quería todo eso", me repito, cerrando mis ojos como si el pasado no supiera volver, ni tocarme, o como si ese sol que me cubrió no existiera. Pero existe. Y me acecha, me consume, me pide auxilio. "Yo te quiero, te necesito, te perdono", confieso. Me ciegas, me iluminas. No importa que haya algo más allá, no importa que me sane, no importa que me haga feliz.
Eres el sol que encerró a mis ojos, eres el pasado que siempre sabe volver.