Y tu abrazo, sólo tu abrazo era el remedio. El milagro que lo curaba todo, que lo soportaba todo, que lo era todo. Cada una de las tristezas de la gente se amoldaba en tus brazos, en tu sangre, en tu corazón que contenía el recuerdo intacto de la humanidad.
Una tarde tuya era un día, una noche, un siglo floreciendo apaciblemente entre puñaladas de amor y personajes que siempre se desvanecen del tiempo y de la memoria.
Era tu presencia la estación inconclusa entre el ábrego y el estío, la bocanada de aire que se filtraba en mi vientre y me hacía comprender y sonreír, lamentar y llorar, olvidar y vivir. Y tu caricia el único amor que hacía crecer las heridas sin quemar, hasta disolverlas.
Me han hablado todas las hojas del otoño, las mismas que cayeron cuando la lluvia las sorprendió reuniéndose en la hojarasca.
Me han hablado los días estériles, los cielos descubiertos y las palabras que de ti conservo.
Reconocieron en mí tu voz. 