jueves, julio 12, 2007

Cuánto valió un peso a mis ojos.

No importa que mañana también lo abarques todo.

Aunque arranques mis ojos con las letras que
en tu mano hacían poesía y en tu corazón mi lecho de vida y sentencia.


De veras, no importa ya nada; basta que en ti misma seas para yo desaparecerme con la soledad oída desde lejos y la niebla quejándose desde dentro y desde fuera.


No importa que sea yo quien te retenga; quien desdibuje incesantemente el espectáculo del frío, la onda muriéndose en el agua, la tenuidad del azul aun bregando por mantenerse, por no consumirse, ni consigo el arcén exacto del recuerdo. Ni el éter de nuestra quimera, el afán, la mentira.


Sólo la tregua de tu sonrisa queda para cubrir un poco la herida y borrar así algún crujido de hojarasca. Un segundo, una fracción de tu cuerpo en el tiempo.


Ya no importan todas las cosas. Ni mi corazón pendiendo con los años, ni las manos, ni tu añeja dulzura. Tampoco esta habitación vacía perpetuándose con el inmenso dolor, creyendo aun y a cada bocanada de aire, que las paredes podrían abrirse y con ellas las fuerzas para arar el sembrado cubierto de nevasca que marchitó las rosas.


Nada es alivio.



Ningún grito cobra sentido cuando ya no sos ni soy.