
"Entonces arrancaste el alero donde me servías junto a tu sangre..."
Tanta noche sufragando a nuestros cuerpos. Quererte entre temblor y osadía de nada argumentaba el poco equilibrio que cubría el tiempo, los segundos, el nudo irrepimible en la garganta que lanzaba sus extensiones queriendo hacerte parte de él.
'Tócame, destierra el nombre de carne, hueso y mujer que he disfrazado para ti'. Y esas palabras no salían, no deshabitaban mi boca presurosa a entregar lo que tú también anhelabas en silencio, siempre aquel que, dueño de los espectros que jugaban a ser hombre bajo el cielo raso y manchas de sangre, nos mudaban hacia submundos que respirábamos ya muertos.